lunes, 14 de septiembre de 2015

Enfermos otra vez

Por: Maria Paulina Rubio (@mariarubiorojas)

Existen varios tipos de niños, y aunque las clasificaciones en los seres humanos resultan odiosas, mis hijos tienen algo en común: son de esos niños que siempre se enferman. Y es la enfermedad uno de los monstruos más grandes que tiene la maternidad, desde que sabemos que estamos embarazadas sentimos ese miedo enorme de que algo malo va a pasar y empezamos a imaginarnos las peores cosas que poco a poco la vida nos muestra que eran puras exageraciones. Pero a veces ese gran monstruo se convierte en realidad y tenemos a nuestros hijos en la clínica haciéndonos dudar de todo cuanto existe y poniéndonos en jaque con nosotros mismos.

Tal vez uno de los días más difíciles como padres fue cuando nuestro hijo mayor entró a Cuidados Intensivos, lo tuvieron que entubar y en pocas horas todo parecía empeorar. La primera reacción que tuve fue hablar con mi esposo y decirle que teníamos que estar preparados para que se fuera y dar gracias a la vida por un año y medio increíble a su lado. Pero todo salió bien, se recuperó, y ahora es un niño de cinco años que correo un poco menos que sus compañeros pero siempre intenta llegar a la meta.

En esos meses en los que nuestro hijo estuvo muy enfermo la vida nos cambió. Y creo que una de las cosas que debemos saber como padres es que no siempre lo que planeamos se cumple. Y tenemos que tener la capacidad para reinventarnos todo el tiempo y poder volver a construir nuevos sueños y diferentes ideales porque con hijos la vida nos sorprende a menudo. Yo tenía un trabajo que me encantaba en un lugar fascinante y con una muy buena jefe. Me tocó renunciar porque además del tiempo de hospitalización teníamos que cambiar de ciudad durante dos meses, y así fue. Me dio rabia y mucha tristeza tener que dejar ese trabajo, lloré por tenerme que ir a unas supuestas vacaciones que de eso tenían bien poco sino que por el contrario me iba con la ansiedad de tener que sacar adelante a mi hijo en una ciudad que no era la mía. Si todo estaba funcionando tan bien por qué la vida se desordenaba. Finalmente se mejoró y disfruté muchísimo ese tiempo fuera de la ciudad, fueron unas vacaciones increíbles con personas que dejaron la categoría de amigos para convertirse en familia.

Cuando pienso en esos días de la clínica donde las horas pasaban lento porque lo único que hacíamos era esperar una buena noticia me doy cuenta de lo mucho que crecimos como familia. Entender la enfermedad como una oportunidad y enseñarle a nuestros hijos a que no hay que desesperarse cuando se enferman ha sido una lucha constante. La enfermedad y la salud no pueden ser vistas como premio y castigo, deben ser entendidas como parte de nuestra realidad y como padres deberíamos incluir este tema en la crianza como un punto importante. No sirve de nada buscar culpables, no sirve de mucho pelear con la pareja o la familia, no es útil enloquecerse. Sirve respirar profundo y seguir adelante y entender la enfermedad como camino.

Muchas de las personas cercanas intentaron culparse por la enfermedad del niño. Con la cara cargada de angustia aseguraban que le habían tosido cerca, otros estornudaron, otros lo saludaron y de golpe le pasaron el virus. No creo que ninguno fuera culpable, pero después de estos años entendí que ese afán por encontrar uno, era para ayudarnos a mi esposo y a mi a cargar con el dolor del momento. Ese hecho no fue una tragedia, no creo que seamos una familia "de malas", por el contrario creo que sin establecer juicios de valor asumimos la vida con lo que nos va dando. Superada la crisis fuerte empezamos una lucha importante con nuestro hijo: convencerlo que no era un niño enfermo para que él mismo no se autolimitara y tampoco se convirtiera en un manipulador aprovechando las secuelas que le habían quedado. Pero la lucha no sólo era con el sino con muchas personas cercanas que nos decían que éramos los papás más irresponsables por dejarlo jugar bajo la lluvia y saltar en los charcos. Que pudiera montar en triciclo por la noche, o simplemente vivir. Que lo que deberíamos hacer era encerrarlo en la casa, supongo a que conociera el mundo desde la ventana. Tomamos la decisión de ser irresponsables y dejar que viviera como cualquier otro niño de esa edad sin padres obsesivos con la enfermedad y llenos de miedo. Lo animamos a saltar cuanto quisiera y cuando se bajaba del saltarín le poníamos el inhalador con toda la tranquilidad y naturalidad de su condición. Después de tres recaídas duras cada vez se enferma menos y se recupera más fácil.

Decidimos tener dos hijos más, los cuales también se enferman. Ninguno tiene nada grave, pero han estado hospitalizados y convulsionan por fiebre. Creo que de las cosas más impactantes que se puede ver es una convulsión. Es como si en esos minutos la vida se congelara y todo el ambiente se enrareciera. Ellos mismos después de la convulsión quedan despersonalizados, de cualquier manera, no es agradable. Los médicos nos han explicado qué debemos hacer en ese momento y es lo que hacemos, pero una de las cosas más sorprendentes es la forma como reaccionan los dos mayores con las dos convulsiones del chiquito. Con toda la calma ayudan a ponerle paños de agua fría en la cabeza, y se despiden con bastante tranquilidad cuando salimos para la clínica. Y entonces es ahí cuando entiendo que algo hemos logrado como papás: enseñarle a nuestros hijos que la enfermedad es una realidad del ser humano, negarla nos fragiliza pero entenderla nos hace fuertes.     

"Las personas totalmente sanas, sin ningún defecto, solo están en los libros de anatomía. En la vida normal, semejante ejemplar es desconocido"  
Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke



Tomado del blog Maternidad sin photoshop

1 comentario:

  1. Ver enfermo a un hijo es de lo más duro, pero ánimo, ya están bien y seguro que serán niños sanos!

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